Prólogo
Este libro de Graciela Cohen es como ella misma: un
Baúl de Sorpresas, de verdades que van apareciendo en medio de
un alegre deambular por un Aquí y Ahora que transita con una liviandad
y alegría de vivir que invita a seguirla.
Vamos con ella cuando entra y sale del Borda, al que
llega de la mano de Alfredo Moffat y con un grupo de compañeros
con los que quiere compartir una experiencia verdadera.
La descripción de algunos de los que están adentro y
su encuentro con ellos es de un realismo conmovedor.
Su encuentro con la Gestalt y su total comprensión de
lo esencial de este enfoque, me emociona profundamente. No se
limita, como han hecho muchos, a descubrir lo que hace o lo que
dijo Perls.
Ella aporta algo realmente valioso en lo que se refiere
a Polaridades, tema central en la Gestalt, así como nos nuestra
su profundidad y talento al hablarnos de las experiencias de Laboratorios
y logra poner en palabras con inteligencia y belleza algo tan
difícil como el desarrollo de esos grupos especiales.
Su modo original de mostrarlos resulta un verdadero
aporte para las personas que se están formando en gestalt así
como para aquellos que ya están practicando y necesitan más claridad.
Gracielita es gestáltica de principio a fin.
Y es con su andar gestáltico que nos lleva magistralmente
de la mano a encontrarnos con su último y amado maestro: Osho.
La poesía y la profunda comprensión de lo humano que
hay en ella, le facilita la tarea más difícil, mostrar la relación
de Terapia y Meditación.
No se trata de enseñar Terapia y hacer Meditación.
Desde las polaridades llega al Centro y desde el centro
a la meditación y desde la meditación a las polaridades.
El juego de Figura y Fondo se hace vivo y dinámico.
Y es ahí donde la reconozco en su silencioso y profundo contacto
con todo aquello que nos tocó vivir en más de veinte años de caminar
juntas.
Gracielita dijo refiriéndose a algo que escribí «yo
soy testigo» y ahí me di cuenta cuanto me gustaba haber estado
todos estos años acompañada y acompañando a personas tan verdaderas
y creativas como ella.
Este libro que tienen en sus manos es una muestra de
su talento y creatividad. «Yo soy testigo».
Adriana Schnake Silva (Nana)
Anchimalén, febrero del 2001
Presentación (Graciela Cohen)
Con estas páginas doy a conocer mi territorio. Aquí
está la esencia de un surco al que puedo volver cada vez que pierdo
claridad en el campo de la psicoterapia. Aquí les muestro el trabajo
de taller artesanal en la tierra de la psicología.
Un día Einstein, ya en Estados Unidos y durante la Segunda
Guerra, se reunió con miembros del partido comunista que insistían
en su participación por considerar que sus ideas eran coincidentes.
Al comenzar el encuentro, ese hombre genial dio a entender
que, si lo convencían, no dudaría en afiliarse de inmediato. Primero
escuchó atentamente y después usó un ejemplo de la química para
dar su respuesta.
Consideraba que la «mejor solución» es aquella que,
al incorporarse a algo dado, produce una combinación molecular
más compleja e interesante, posibilitando así que las partes que
forman ese todo liberen su potencial. Encontraba que la guerra
trabajaba en otra dirección, por lo tanto no se afilió y concluyó
con el tema.
Lo que está presente en estas páginas es un destilado
de mi «mejor solución».
Este libro tiene una clara dirección y un único destinatario:
aquellas personas, cualquiera sea su condición, estudiantes, practicantes
y consultantes, que tienen todavía un deseo de comprender y crecer
y saben que eso no es el resultado de la cantidad de clichés que
puedan repetir sino de un esfuerzo hecho de paciencia y coraje.
Con este propósito, por un lado, he desplegado a lo
largo de las páginas, un orden, como una invitación a ser reconocido,
y por otro comparto algunos potentes caminos que he probado y
resultaron muy beneficiosos para la profundización de los principios
del Enfoque Gestáltico, sin el cual esta secuencia no hubiera
dado luz en mi consciencia.
La invitación que estoy realizando es ir descubriendo
las huellas que nos guíen hacia el alma, para esto podríamos reconocer
las siguientes llaves: abandonar la tendencia artificial a magnificar
los sucesos; luego aprender a relajarnos un poco, entrar en la
intimidad de ser y ganar confianza, encontrar allí energía y nutrición.
Refrescarnos en sintonía con nuestra honestidad y escuchar así
nuestra susurrante voz interior; y encontrando esa fuerza, sentir
más liviandad al renunciar a algunas máscaras llevadas como un
peso del pasado.
De esta manera, cambiando la posición del conocedor,
entrar en un silencio dulce o portentoso que nos lleve a rendirnos
y así ver lo que Es.
abandonar la tendencia artificial de magnificar los
sucesos
allí la relajación
entrar en la intimidad del ser y ganar confianza
allí la energía
refrescarnos con honestidad escuchando nuestra voz interior
allí la fuerza
sentir liviandad renunciando a algunas pesadas máscaras
pasadas
allí el silencio
Tanto el diseño individual de estas llaves como el movimiento
en las cerraduras que cada uno necesita dar para abrirse, está
atravesado por fuerzas inadvertidas que expresan el misterio de
un deseo en espiral, ascendente o descendente, que impulsa o limita.
Esto es lo que se devela en la práctica de la psicoterapia y de
esto se trata este libro.
Está unido a través de cinco partes.
En relación a la primera comparto una trayectoria que
me permite avanzar con cierta gracia por este terreno de borde
entre la ciencia y la religión, la filosofía y el arte, entre
lo sagrado y lo profano, que es la psicoterapia.
En la segunda parte me guía la intención de compartir
el valor de la meditación. Su práctica nos ayuda a descartar la
falsedad de ubicarnos en la vida a partir de las opiniones que
surgen en los tres planos de la existencia: con nosotros mismos,
con el mundo y con los otros. Y nos guía de manera directa a la
consciencia de ser.
Si ubicamos a la meditación en un espacio académico
o institucional y la consideramos solamente una práctica oriental,
tenemos que dar un salto enorme para acercarnos a ella, y el movimiento
necesario de ser absorbidos por la experiencia meditativa se hace
distante y excesivamente complejo.
Por esto considero necesario darle a la meditación el
relieve que tiene dentro del enfoque, ya que aquí se puede incluir
esta dicha de manera natural.
La tercera parte es sobre los Opuestos y el desarrollo
del método de polaridades.
Lo sentí una deuda con los alumnos que se forman en
esta orientación. El autorreflejo es una cualidad esencial de
la consciencia y puede madurar con la práctica de un método; para
nosotros el método es la dinámica de opuestos. El destilado de
esta dinámica es el corazón de la actitud gestáltica, por eso
nos resulta fundamental su comprensión.
La cuarta parte la dediqué a compartir la puesta en
práctica del enfoque, que se da en esos jardines existenciales
de tres días consecutivos llamados laboratorios.
En esta sección al hablar de los laboratorios generales
y los encuentros míticos se teje de forma teórica y práctica todo
lo dicho en las partes anteriores. Esta parte contiene un apartado
especial dedicado a los grupos de mujeres.
La quinta parte está unida esencialmente a lo anterior
a través de esa cualidad del amor llamada amistad.
Hablar de amistad en un mundo donde las personas mueren
absurdamente de hambre y las vidas valen menos que una bala, donde
podemos envenenar a la naturaleza, abandonar a nuestros niños
y a los pobres, puede parecer extraño, pero simultáneamente a
esto, es cada vez más abrumador el compromiso que vamos adquiriendo
al descubrir que como humanidad no nacimos ayer ni vamos a morirnos
mañana. Lo sepamos o no, lo reconozcamos o lo neguemos, pertenecemos
a una trama extensa, y cuando empezamos a entregarnos a esta verdad,
lo que resulta como decantación esencial es la vivencia de un
sentimiento de amistad. En el fondo de estas páginas se puede
percibir el esbozo balbuceante de una lengua que aprisiona ese
saber: «no somos islas», decía John Donne.U
La amistad de la que aquí hablo es una amistad que incluye
su opuesto, y en su dinámica recupera justicia, belleza y verdad.
Me atreví entonces a plantearlo como un proceso según
mi experiencia y, tomando las palabras del místico Osho, llamarlo
«una amistad consciente».
Esta cualidad del amor jugó un papel relevante en la
existencia de este libro. A medida que avanzaba en su escritura
me vi rodeada de la vitalidad de aquellos que estaban cerca, y
en realidad creo que lo terminé por la aventura de hacerlo y el
amor que nos provocaba. Podría escribir un apartado de las anécdotas
acerca de esto.
Por ejemplo, cuando la máquina me «tragó» el texto a
las ocho de la noche de un domingo y, como si se tratara de una
urgencia de la ONU, en media hora mi escritorio se había transformado
en el lugar de reunión de una comisión de expertos en computación.
Lo rescatamos a las dos de la mañana entre un grupo de compañeros
y un experimentado desconocido hasta ese momento, con el que estuvimos
en simposio telefónico largas horas y cuya consigna fue: «busquen
una palabra que no figure en ningún otro trabajo que esté en la
máquina; sólo así podemos saber si está en algún lado y empezar
la pesquisa».
El compañero que dirigía la tarea me miró y rápidamente
le dije las palabras mágicas: «Una amistad consciente», era lo
último que había escrito en el archivo del libro.
Quedamos impresionados cuando la máquina nos respondió
afirmativamente sin indicarnos donde estaba. Todos más tranquilos
empezamos el rescate del texto, oculto en algún lado pero vivo.
Y aquí está.
El trabajo que me tomé en hacerlo se vio indudablemente
estimulado por una necesidad del alma: reconocer a mis maestros,
que con su amor y visión me ayudaron a pulir la rebeldía innecesaria,
rescatando la verdad aprisionada en esa búsqueda de inicios, dándome
el conocimiento suficiente para sentirme en camino.
Por esto, cada una de mis palabras es el resultado del
entrecruzamiento y absorción en sus palabras, de encuentros casuales
que me impregnaron y de los momentos reveladores por los que atravesé.
El único cuidado especial que tomé fue evitar que fuera
un libro para engrosar bibliotecas, o formar parte del negocio
editorial. No estoy hablando de la creatividad necesaria, como
una aventura más, para movernos entre los diferentes mundos, sino
que no puedo dejar de oír lo que me dijo un compañero de la facultad:
«que todo sea relativo no quiere decir que dé lo mismo». Me sigue
pareciendo irrefutable, cada vez soy más consciente de que ninguna
práctica es inocua.
Simplemente considero que ha llegado el momento de asumir
una vez más el juego real, el inevitable, aquel que el buen jugador
intuye desde el mismo instante de la partida: si es verdadero
en sus movimientos está destinado a perder, pero gana si no se
da por vencido.
El juego de encontrar la palabra que nos comunique directamente
con la brillantez del fuego de la pasión, el profundo mar de nuestro
ser o la liviandad celeste de nuestro espíritu, está destinado
a vagar en el reino de lo imposible. De todos modos, unirnos en
la intención fortalece el anhelo y me recuerda mi medida.
Por principio, considero «texto» a aquel que alberga
algo de esa palabra nunca dicha que adquiere mil y una formas
y se siente encarcelada en la reducción de un lenguaje al cual
no renuncia por pura entrega y libertad, ya que le es imposible
dejar de anhelar la luz.
Palabra con intención, que es subjetividad guiada, como
el dedo del maestro que apunta a la luna.
La palabra verdadera busca su oportunidad en el lenguaje;
por lo tanto cada uno de los que lean este pequeño libro serán
mis amigos, invitados a sentirnos reunidos como junta la vida:
con deleite y perturbación.
Volver
a la página anterior