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Moviéndome a ciegas, me sorprendió como un fogonazo la obra de Ronald
Laing. A partir de ese momento se transformó en un impecable
guerrero de luz que me guiaría a ver en mi existencia el efecto
esquizofrenizante de la incidencia del mecanismo del mundo.
Desarticulaba esta «máquina» a partir de su comprensión de
cómo se nos imponen los introyectos sociales en nuestro ser,
a través de voces familiares y así nos alejan,
inhiben, distorsionan, tuercen y separan de la experiencia
espontánea de vivir. El nos mostraba como las fantasías nos enredan en una gran cantidad
de complicaciones, alejándonos, por su falsedad, de la vivencia
directa de existir.
De ese
modo empecé a reconocer el anhelo de buscar mi propia ruta
y así me encontré amigos y hermanos mayores que me ayudaron
a saber como cada uno de nosotros puede desarrollar en su
interior la capacidad de abrirse camino a través de la oscuridad.
Fue precisamente
con esa actitud de búsqueda que me encontró por primera vez
la obra de Fritz Perls, «Dentro y fuera del tarro de la basura»
y «Sueños y existencia». Llegue a estos libros gracias a Alfredo
Moffat, quien lideraba la comunidad terapéutica Carlos Gardel.
Tuve el regalo de participar en esa “cura virtuosa”, como
miembro del equipo de base, durante los años que existió.
UNA CURA
VIRTUOSA
La comunidad terapéutica
Carlos Gardel fue mi primer espacio «virtual consciente».
Entrábamos al manicomio (así llamábamos al Neuropsiquiátrico Borda,
de acuerdo con la semántica de «los compañeros
de adentro») en un momento sociopolítico donde volvía a hablarse
de democracia, eran los años 70.
Nosotros, el «grupo de afuera», armábamos y desarmábamos un espacio
diferenciado bajo un gran árbol rodeado por una construcción
circular de cemento a la que bautizamos como La Placita.
Al principio
fue ”una experiencia de campo”de alumnos de la escuela de
Psicología social avalados por el psicoanalista Enrique Pichón
Rivière y luego se transformó en un «experimento» único, donde
convergían psicólogos y alumnos , actores, trabajadores corporales,
locos sueltos, filósofos, ingenieros, químicos y periodistas
que se sumaban a la diversidad psicosociocultural de los internados.
Lo que
empezó siendo una actividad recreativa de rescate de las raíces
enajenadas por la institución, se convirtió en una complicidad
declarada que nos permitió desarrollar un método terapéutico
específico, basado en tres pilares: el grupo de mateadas liderado
por Basilio Benítez, el grupo de teatro Las Ánimas, al que
yo pertenecía, y la cooperativa donde todos podíamos aprender
nuevos oficios.
La consigna,
«cada uno le enseña al otro lo que sabe», generaba hechos
insólitos, como ver a Charly -un viejo inglés, iracundo y
cascarrabias, internado hacía más de veinte años, aborrecido
por todos y encargado de cuidar los cerebros en formol- preparando
como un abuelito cariñoso a Paula, estudiante de psicología,
para su examen universitario de inglés.
¡Qué decir
del entrenamiento en sustancias tóxicas que tenían los compañeros
internados y que minuciosamente nos transmitían!
Ningún
tratad o podría igualar la información que recibimos acerca
de la compraventa, usos y efectos del alcohol, la cocaína
y las anfetaminas. Aquellas fueron las mejores clases que
tomé no sólo respecto de las drogas, sino de las razones existenciales
de crímenes apasionados expresados en la desnudez de un corazón
abierto, o las historias escondidas detrás de los hijos «locos»,
descastados por la vergüenza social o la especulación económica
de familias de alta burguesía.
Gente
atrapada en extraños nudos de historias familiares, que convivían
con personas de provincias, que simplemente se habían vuelto
«locas» cuando llegaron a la capital y vieron «todo junto
y tan rápido».
En la Peña contábamos con el apoyo de terapeutas ya
formados y nos contenían con su interés, como Tato Pavlovsky,
Dicky Grimson o Marta Berlín, que unos años antes se habían
unido para hacer un movimiento muy importante dentro del campo
de la psicología; separarse de la APA (Asociación Psicoanalítica
Argentina) para seguir sus propios desarrollos.
Sin embargo,
no a todos los universitarios les resultaba fácil integrarse,
algunos veían frustradas sus expectativas de una práctica
hospitalaria tradicional y otros terminaban desilusionados
cuando descubrían que era inútil darle algunas pautas a Francisco,
el presidente de la Peña, alcohólico en estado de recuperación,
hombre de espíritu puro y acción directa que tenía la peculiaridad
de que si percibía que no le hablaban desde el alma, se ponía
«loco». Decía que sólo el corazón muestra la verdad de las
cosas. Lo máximo que logramos fue que controlara su furia
si le disgustaba lo que escuchaba, y se retirara sin mucho
barullo. No fue fácil lograrlo.
Recuerdo
la primera vez que entré al manicomio: lo hice con la seguridad
que me daba ser una estudiante universitaria, trabajadora
de teatro y militante.
Ni bien
atravesé el portón me vi interceptada por caras desencajadas,
manos frágiles y voces subhumanas, pidiéndome de todo. Pidiéndome
lo que sea. Enmudecí por dentro y por fuera.
Así llegué
a La Placita, el mandala vivo que separaba «el ser de la nada».
La Placita-mandala
marcaba un borde: fuera de ella sólo había mendicidad y desintegración;
dentro de ella, un mundo confiable. Guirnaldas de colores,
carteles con frases inspiradoras, música en un viejo tocadiscos,
el fuego de la parrilla que empezaba a encenderse y ... ¡¿quién
es quién? ¿quién estaba loco y quién cuerdo?!
Se me
acerca un hombre mayor elegantísimo y me invita a bailar.
Acepto con un gesto simple y un único cambio: el bolso que
tengo cruzado en bandolera, me lo coloco de mochila.
Es un
hombre alto y rubio, que tiene aproximadamente la edad de
mi padre. Por el tacto descubro que lo que parece un traje
es un pijama celeste, limpio y planchadísimo. Mientras que
el pañuelo bordó en el bolsillo de arriba es sólo un decorado,
no pasa lo mismo con sus ojos celestes, que me miran desde
acá y desde allá alternativamente.
Se presenta:
«Sanguinetti».
Pone su
mano temblorosa en mi hombro en un gesto de suave contacto
y apoyo, yo respondo con igual delicadeza abriendo la palma
de la mano izquierda y rozando su espalda revestida en seda.
Me pregunta
mientras bailamos:
-¿Tenés
miedo?
-Sí -respondo,
espontáneamente y con asombro.
Y él me
dice: -Cerremos los dos los ojos a la vez, así te puedo poner
dentro de mí y cuando estés allí, ya nadie te va a poder hacer
más nada.
Así lo
hicimos.
Sanguinetti era el hijo «raro» de una familia pudiente, estaba internado
desde hacía una eternidad. Cada tanto, lo veía un juez distinto
que confirmaba la locura declarada por sus parientes para
justificar la administración de su herencia.
Era un
caballero romántico con la fe quebrada, un hombre culto y
elegante que escribía poesías y ahorraba palabras porque no
podía hablar mucho: le daba vergüenza, no podía controlar
la baba ni el temblor producido por la medicación excesiva.
Fui testigo de sus lágrimas y de su impotencia por
esta limitación.
Una hermandad
subterránea nos envolvía; todos los que estábamos allí sólo
queríamos estar allí. Pasamos navidades míticas, años nuevos
mágicos, inolvidables cumpleaños...
Pertenecí al equipo base de los organizadores de la Peña, allí experimenté
la posibilidad de encuentros humanos verdaderos bajo cualquier
condición.
Estábamos diseñando un método de curación para este tiempo y nuestra
gente, con el que todos nos curábamos de un mal común: la
gran locura que nos envuelve, la locura de sentirnos solos
y fuera de la vida, ese infinito desamor que arrasa con todo.
Sobre
esa base crecí, y experimenté muchas dinámicas de grupos de
trabajo, variaciones frente al poder, diferentes niveles evolutivos
con relación a dar, distintas comprensiones acerca del trabajo
de un líder, la dinámica de los opuestos y el freno de esa
dinámica a través de la oposición, la diferencia entre un
liderazgo llevado adelante desde las estrategias políticas,
y un liderazgo llevado adelante por la fuerza de lo nuevo,
que no puede detenerse para compaginar acciones que dejen
a todos contentos.
Éramos
habitantes de un espacio impregnado de religiosidad: tal como
lo indica la etimología de esta palabra, allí se producía
la «reunión de lo disperso».
Los directivos del Neuropsiquiátrico se actualizaban al vaivén
de las nuevas orientaciones en psicoterapia, y nos «permitían»
montar la Peña cada vez que íbamos.
Los sábados,
domingos, lunes, miércoles, martes y jueves, llegábamos como
nómades, armábamos nuestro oasis y después lo desarmábamos
hasta el próximo día.
La experiencia
de la Peña me nutrió para el compromiso que después asumí
como terapeuta gestáltica. Y como dije antes, fue allí donde
me encontré con Perls.
Compartíamos la lectura y puesta en práctica de las ideas de Fanon,
Freire, Laing o Cooper (a este último, cada vez que venía
a Buenos Aires, lo recibíamos como a alguien de la familia).
Un día
Alfredo nos sorprendió con un cartel en el que aparecía una
foto ampliada de Perls.
La había
tomado d e la tapa del libro «Sueños y Existencia» publicado
por Cuatro Vientos, la editorial que Pancho Huneeus y Nana
acababan de tener la visión y generosidad de fundar para difundir
en castellano el Enfoque Gestáltico.
Alfredo
se subió a un banquito y colgando el cartel del árbol de la
Peña anunció: «Les quiero presentar a un amigo nuevo, es un
doctor y se llama Fritz Perls. Tiene un nombre medio raro
porque es alemán, pero no se asusten ... es un alemán de los
buenos, no le tiene miedo a la locura y sabe, como nosotros,
que cada uno tiene la locura que Dios le dio. Todos somos
un poco locos y él también. Es otro Pancho Sierra; pero cura
por la palabra, no por el agua.
Es un
gran médico que ya es profesor y para nosotros, un amigo.
No hace falta que se acuerden del nombre completo porque es
difícil. Con llamarlo Fritz va a estar bien; nos acompañará
con esta foto, como un pariente que vive lejos y queremos».
Ese día
recibí una foto de Perls como si fuera una estampita.
Y llegó
el día en que se nos prohibió entrar al hospital, era inminente
el comienzo de la dictadura.
Nunca más podría volver a cantar la canción con la que
cerrábamos la experiencia de los sábados, en un clima de comunión
animado por la voz tierna y graciosa del Abuelo de la Peña.
Aquella
vieja tonada italiana permanece inalterable en mis oídos.
A la Rosina bella dove vai,
a la Rosina bella come stai
Después
nos tomábamos de las manos y en una inmensa y extrañísima
ronda cantábamos nuestro himno, el tango Mi Buenos Aires Querido,
en un coro que despertaba el anhelo mayor de cada uno: todos
cantábamos el deseo de que no hubiera «más penas ni olvidos».
Durante
mucho tiempo no pude ni quise regresar al Borda. Pero allí
se hacían las prácticas de psicopatología y no podía tener
más faltas sin recursar la que sería mi última materia. Tuve
que enfrentarlo y volver.
Era un
viernes de invierno por la tarde cuando me vi frente a aquello
que parecía una catacumba pestilente: atacada, en un anacrónico
rito vacío, por los pobres diablos de la puerta, representantes
de ese tríptico desquiciante de locura, miseria y pobreza.
Crucé
como una sombra entre sus eternos pedidos: «Señorita, ¿me
da un cigarrillo, un peso, un mate, un beso, conoce a mi hermanamm
... no se lo diga, la taza, quiero la taza, no tiene un cigarrillo,
un cigggarrrrillllo ... un, un, un?»
Sentía
que podía tocarme el alma que se sostenía por un pelo. Así
llegué al pabellón donde estaban mis compañeros de estudio.
Los veía a través del vidrio de la puerta, sentados clásicamente
en círculo: el profesor explicaba mientras los alumnos observaban
a alguien que estaba de espaldas a mí y era «el cuadro» a
investigar.
Cuando
entré al salón, el «caso» que estaba sentado en el centro
se dio vuelta: era Carlitos, el oligofrénico de la Peña y
escudero del Abuelo.
Aquella
tarde, cuando me vio, dejó de ser un objeto de estudio asumido
y se levantó como un resorte, corrió hacia mí, antes de llegar
empezó a caminar más lento y levantó los brazos invitándome
a bailar evocando esa memoria que todavía bailaba en nosotros.
Así lo
hicimos: bailamos por código, bailamos por los locos, bailamos
por los oligofrénicos y por los tarados, bailamos por todos,
bailamos porque cada uno se ilumina como Dios quiere y bailamos
porque no podíamos dejar de bailar, porque nos bailaba el
alma cuando nos reconocimos y bailamos porque se nos dio la
gana.
Durante
unos minutos imposibles de relatar reímos y lloramos, mirándonos
a los ojos y enviándonos simultáneos e-mail. Nos dimos un
abrazo, saludé a todos y me fui.
Esa tarde
marcó un antes y un después. Ahí fue que «la máquina» perdió
supremacía en mí, el sistema no me controlaba: había bailado
y reído con la inocencia en medio del desastre.
Nunca
más volví.


UN
NUEVO VUELO DEL ANTIGUO PÁJARO ERRANTE
Después
de esa extraordinaria experiencia que fue la comunidad terapéutica
Carlos Gardel, necesitaba un método de integración que me
ayudara a re-unirme y recuperar la fuerza, fue en ese momento
que retomé la lectura de las conferencias de Perls y allí
lo encontré: un camino claro, dicho en un lenguaje familiar,
libre y consistente.
Comencé
a seguirle la pista a la manera de aquel momento: estudiando
e investigando.
En ese
momento descubrí al Fritz alemán, viviendo inmerso en un
campo cultural formado por la influencia de Hegel, Kierkegaard,
Nietzsche .
Comencé
a preguntarme cómo siendo tan joven, había acumulado suficiente
coraje para rechazar una cruz de honor que querían darle
por su intervención como medico en la Primera Guerra Mundial.
Ese gesto de autodeterminación me llevó a sospechar de su
participación en una «corriente invisible» que lo sostenía.
Encontré
una indicación que me conformó en una investigación publicada
por mi amigo Miguel Grimberg, donde cita un libro de Stanley
High, llamado «La revuelta de la juventud» de 1923, que
dice: « En Alemania, la revuelta de la juventud esta señalando
un camino que es una esperanza para el futuro y que los
estadistas no pueden ver. Con una flamante contracultura
que se alza contra el materialismo desalmado de la sociedad
comercial, desde cada ciudad uno ve este vuelo acompañados
por guitarras, guirnaldas de flores, festivales al aire
libre que anuncian el regreso al espíritu de la naturaleza.
Prevalece la camaradería y la libertad sexual. Nada tan
detestado como una autoridad convencional; reina una creencia
de que está amaneciendo la Edad Dorada de la humanidad:
los participantes se manifiestan contra la política y fuerzas
espirituales están en aumento». Este «paisaje humano» me
resultaba familiar.
Seguí
indagando, hasta descubrir que aquel movimiento ya se había
manifestado a fines del 1800, con jóvenes del Berlín suburbano,
que se retiraban al bosque para volver a encontrar el significado
de sus vidas. De esta forma se fue gestando una cultura
juvenil. Una vuelta de la fiesta de Dionisio.
En 1913,
Gustav Wyneken -uno de los líderes del movimiento- había
realizado una apasionada denuncia en contra de la guerra.
El joven Perls estaba entre los muchos que habían ido a
la guerra y que, después de la derrota, se inclinaron hacia
la búsqueda de un poder fuera del mundo objetivo, ya se
anticipaba el nazismo.
Así supe que en Alemania, era frecuente que se publicaran
ediciones populares y completas dedicadas a temas taoístas
o el Bhagavad Gita, el libro hindú más poderoso y antiguo
que describe “el modo de ser de las cosas”.
Seguí
ahondando y supe que dentro de este proceso, de 1924 a 1929
había aparecido en Alemania el movimiento de los Wandervogel
(los pájaros errantes), jóvenes que se congregaban en torno
de experiencias emocionales, cantos, narraciones de aventuras
y la confianza en que sus problemas personales podían superarse
con el poder del amor y la amistad.
El autor
predilecto era Hermann Hesse, en quien había influido hondamente
el misticismo oriental, la crítica del romanticismo a la
sociedad burguesa y el psicoanálisis.
Con estos
datos, no me resultó difícil comprender cómo, muchos años
después, Perls se sintió tan cómodo en la California de
los años '70, cuando decidió empezar otra vez a una edad
en la que otros hubieran preferido estar solos y descansar.
No lo
movía ninguna pretensión académica sino el estar satisfecho
con su destino. Como él mismo decía, haber encontrado «algo
útil para que la gente pueda ser ella misma».
El Perls
de la Gestalt nos mostraba un nuevo vuelo del antiguo pájaro
errante que todos llevamos en el alma. ¡Qué alegría!
Así pude
entender con más claridad sus relatos de visitas a monasterios
Zen como si fuera a la casa de un vecino, o la sensación
de renovación que se siente cuando nos cuenta su modo de
dejar la práctica académica y vuelve a la experiencia de
vivir como alguien que retoma algo que, en otro momento,
comprometió una gran porción de su alma.
Para el
campo de la psicoterapia, Perls estaba haciendo una ruptura
epistemológica
«El neurótico
no ve lo obvio, el neurótico no ve lo obvio», repetía una
y otra vez.
¿Qué es
lo que no ve el neurótico?: no ve que está en sus sueños
autohipnóticos, en su diálogo interno, en su mundo especular
y proyectivo que sólo le devuelve retazos de sí mismo.
¿Qué es lo obvio? La realidad aquí y ahora, la primera y única realidad.
Él decía:
recuperen el sentido común, no sean tan serios escuchando «bostas
de toros».
Le molestaban
los argumentos y al escuchar hablar «acerca de» Dios, el
conocimiento o lo que fuera, decía -como Osho- que todo
eso era barullo mental, contribuía al gibberish y consideraba
como Heidegger, que era «pura habladuría».
Esto lo
había llevado a hacer una jerarquía de «bostas»: fue su
modo de bautizar los argumentos interpretativos.
Y la verdad
es que cuando uno escucha un disparate, ¿qué se puede hacer?
discutirlo, analizarlo, «fijarlo», o reaccionar de un modo
más espontáneo: desinteresarse, reírse ...
Eso es
lo que hacen los sufis y algunos maestros budistas, y ese
era el modo en que Perls rompía con el discurso neurótico.
Para mí
esa era una manera normal: mi formación manicomial me había
dado paradójicamente un permiso hacia la sensatez. En este
sentido fue una escuela increíble para lo que después gracias a la guía de Nana pude profundizar,
desarrollar y luego transformar en mi profesión: terapeuta
gestáltica.
Mis estudios
de Jung, que ya llevaban algunos años, me habían guiado
a reconocer que la dirección del esfuerzo debía estar orientada
a convivir con la dualidad y que la actitud correcta en
la formación era la de investigar, a esto le debo valorar
la duda como un encuentro con lo indudable. Con Perls y
su enfoque gestáltico me ubiqué conscientemente en la experiencia
de vivir en un mundo inmenso e infinito, de contradicciones
constantes, y así gané confianza.
Con la
duda construí puentes y con la confianza reconocí el ser.
Poco más
tarde, tuve la bendición de conocer a la doctora Adriana
Schnake, Nana, y avanzar así en la práctica real: entraba
en la «vida viva», en la sacralidad del aquí y ahora.
Nana me
abrió sus brazos con amor, así pude re-unirme y sus seminarios
de formación gestáltica fueron la tierra donde formamos
a lo largo de ya mas de ... un montón de años , una nueva
familia, la de los terapeutas gestálticos. Allí crecimos,
aprendimos y reconocimos, fortaleciendo nuestros dones singulares.
Mi agradecimiento y amistad inacabable son para mi Nana
y este libro en muchas de sus paginas lo testimonia.
Más tarde
la vida, me impulso a atravesar otros puentes y el ser fluyó
a nuevos bosques y jardines que me esperaban… y mi vínculo
con Osho lo guardo en mi corazón.

LA
TAREA DEL TERAPEUTA
La curación no es algo que pueda ser localizado en alguna parte
y entonces alguien puede indicarnos
donde está. No es un objeto, es un
significado abierto que cada persona
tiene que crear.
Es un proceso que se profundiza en cada tramo de la vida, por
lo tanto no está acabado y más la
reconocemos por sus resultados que
por tener una claridad anticipada
acerca de cómo movernos.
Si el movimiento que realizamos trae tranquilidad,
inteligencia, serenidad y un respiro
renovador entonces hemos tomado el
camino de la cura, si agrega confusión
o rigidez, es lo contrario.
No podemos conformarnos con el movimiento «relativista»
que nos hizo reflexionar acerca del
«significado de la cura, la salud
y la enfermedad». La salud no es un valor relativo, lo que es relativo es
nuestro entendimiento ya que no podemos
estar más o menos sanos. De todas
maneras es bueno decir que la salud
es absoluta y la cura es un proceso.
El relativismo de los conceptos no
puede ocupar el lugar de la realidad,
sino estaría frenando la confianza
en la percepción fresca que tiene
la nueva generación de terapeutas
y estudiantes de saber, por vivir,
que «la cosa está terrible».
La locura está desatada; no sólo hay una globalización
de las políticas sino también una
globalización de la locura que reclama
por su opuesto, la salud.
No estoy haciendo un juicio moral, no podría decir si estamos
peor o mejor o si esto es bueno o
malo, ya que como dijo Laing: «¿Quiénes
somos nosotros para saber lo que es
irremediable?», lo que tiene valor
es saber cómo tratamos lo que nos
toca vivir.
Debido a la dinámica natural de la ley de las compensaciones,
cuanto más enfermedad, más cura, cuanto
más muerte, más vida esperando su
momento.
Poner en juego simplemente las enseñanzas que Perls nos dejó
es de una ayuda inigualable. Podemos
sentirnos cerca de ellas a través
de su lograda síntesis dada en la
«oración de la gestalt». percibíamos
así la fragancia del camino del Enfoque
Gestáltico respondiendo a esta invitación.
Sentarse frente a otro; amigo, marido, esposa, hijo ... mirarlo
a los ojos y decirle gentilmente...
Yo soy yo y vos sos vos
No estoy en este mundo para cumplir
con tus expectativas
No estás en este mundo para cumplir
con las mías
Vos sos vos y yo soy yo
Y si nos encontramos es hermoso
Y si no, no hay nada que podamos
hacer
Decir esto con conciencia da como resultado la liberación
del yo de identificaciones patológicas.
Esto es posible sólo si somos pacientes
y nos damos el tiempo de que el otro
aparezca como persona y a pesar del
malentendido y las esperanzas frustradas
podamos percibirnos y reconocernos.
A veces me encuentro con críticas a esta oración. Es comprensible
si provienen de personas que recién
comienzan sus búsquedas, pero si se
trata de encumbrados terapeutas o
teóricos de la gestalt sólo encuentro
en ellos la precariedad de su autoconocimiento.
La sencillez de esta oración y los infinitos mundos que nos permite
reconocer en los diferentes momentos
de nuestro desarrollo, sólo es comparable
a la invitación de un maestro Zen.
Joshu preguntó:
«¿Has estado antes aquí?»
«No, Maestro»; dijo el monje.
Joshu le dijo:
«¡Toma una taza de té!
¡Oh, mi hermano!»
Otro monje llamó y el Maestro dijo otra vez:
«¿Has estado antes aquí?»
«Sí, Maestro»; fue la respuesta.
El Maestro dijo:
«¡Toma una taza de té!
¡Oh, mi hermano!»
Permanentemente la vida esta invitándonos
con una taza de té, y a cada momento
podemos encontrar la expectativa que
nos impide tomarla. Esto es lo que se
nos revela en el proceso terapéutico,
que puede: llevar años, hilvanarse con
los sucesos de la vida o cabalgar en
algunos tramos detrás de su sombra sosteniéndonos
con algo de luz.
En el despliegue de este proceso podemos
despertar una matriz que portamos como
humanos y que nos ayuda a desarrollar
aquel viaje irremplazable, anunciado
en cuanto libro serio de filosofía,
psicología, psiquiatría, sociología
o poética existió alguna vez.
Ese despertar puede resumirse en la letanía quechua que dice:
Nos vamos para arriba, nos vamos
para abajo,
para buscar al hombre.
En la cima de los cielos o en el fondo
de los pozos,
es lo mismo si sabemos «ver».
Nos vamos para arriba, nos vamos para
abajo,
para buscar al hombre.
Pertenezco a la generación que aprendió a vivir «in situ», con
maestros o hermanos mayores. En el viaje
por las culturas indígenas, ese lugar
lo ocupó Rodolfo Kusch, autor, escritor,
filósofo, antropólogo, amante de Jung
y del tango; que con ojo agudizado y
pasión fundamental en el corazón me
condujo a ver desde adentro.
Entiendo, entonces, lo saludable como la posibilidad que tiene
cada uno de expresarse y recuperar un
presente vital para escuchar la voz
interior que trama el destino individual.
Aprender a seguir ese eco nos serena,
da esperanzas y autoriza a renovarnos.
Clarissa Pinkola Estés, en «Mujeres que corren con los lobos»,
esa inigualable contribución al estudio
del alma de la mujer, señala: «en el
saber arquetípico está la idea de que
si uno prepara un lugar psíquico especial,
el ser, la fuerza del alma, oirá de
él, sentirá su camino hacia allí y habitará
ese espacio».
En este sentido el lugar psíquico especial que vamos a preparar
es el espacio de la curación, por eso
la terapia es el exorcismo de algunas
heridas curadas, mientras otras nos
muestran un camino de apertura hacia
una nueva gestalt.
¿Qué es gestalt?
A LOS ESTUDIANTES
Como resulta una pregunta corriente merece una consideración
y para aquellos que estamos destinados
a responderla necesitamos asumir el
esfuerzo especial que supone reunir
múltiples elementos y encontrar síntesis
cada vez más trasparentes.
Para ponernos a resguardo de la dificultad que esto trae, no
me parece gran cosa inventar técnicas
y crear nuevas terapias que por afinidad
intrínseca podrían estar unidas al conjunto
de herramientas existentes; sería más
sencillo ponerlas al alcance de todos
los terapeutas para que puedan implementarlas,
considerando la que le resulte más afín.
Tampoco me parece de ayuda usar elementos de distintas corrientes
sin hacer las elaboraciones necesarias
para asimilarlos dándoles una forma
personal.
Laura Perls, co-fundadora con Fritz Perls de la terapia gestáltica,
insistió mucho en la diferencia entre
combinar e integra r, ya que como en
cualquier expresión de lo vivo, hay
siempre «algo de anormal» en los injertos
y resulta sustancialmente diferente
aquello que se integra con el trabajo
de elaboración.
Ella decía: «Para mí ninguna teoría es sagrada. Una teoría es
una hipótesis en base a la que podemos
trabajar, una herramienta útil que cada
uno de nosotros puede emplea r para
descubrir y comunicar su enfoque personal.
Y en la práctica prefiero hablar de
estilos (un estilo es una forma unificada
de comunicarse y expresarse).
En términos del conocimiento y práctica gestáltica, lo que incorporamos
comienza a formar parte del estilo de
trabajo y a su vez muestra una nueva
estación en el desarrollo de quienes
lo practican».
El terapeuta gestáltico lleva adelante una acción terapéutica
no una actividad, no es algo a lo que
se dedica es algo que es. Puede resultar
más claro si diferenciamos acción de
actividad.
Entiendo la acción como la expresión
de posibilidades vitales en busca de
lo nuevo.
La actividad, en cambio, es un incesante movimiento hacia ningún
lugar.
Una acción es el producto de un diálogo que se disfruta al llevarlo
a cabo, y cuando termina también se
disfruta descansando; en la actividad
hay un monólogo que no encuentra un
camino de realización: por eso no puede
parar.
Al entrar a un manicomio, lo primero que vemos es gente que va
desde la reja del edificio hasta la
reja principal y desde ahí a la puerta;
algunos caminan en zigzag, mientras
otros parados, mueven sus manos como
si fumaran incansablemente. Si se les
quita esa actividad entran en pánico.
En un diálogo íntimo con su tarea, en su acción, el terapeuta
gestáltico entra en un romance; en esta
proximidad obtiene pautas que le permiten
saber que se está moviendo y así se
orienta para dejarse llevar por las
corrientes, es entonces cuando encuentra
una dirección personal.
¿Qué es gestalt y que no lo es? Considero perturbadora y producto
de viejos esquemas la interrogación
acerca de «qué es esto, y si esto, en
realidad, es lo otro»; una manía de
la pequeña mente tentada otra vez a
juzgar y con obstinados análisis dificulta
la tarea de relacionar.
Así como la geometría euclidiana fue superada por los nuevos
conceptos en física, algo parecido ocurre
con el entendimiento de los fragmentos
como juicios. Pensar que dos puntos
se unen en una recta implica sostener,
todavía, que la tierra es plana. La
mera idea de lo lineal es una hipótesis
sin sentido.
No existen rectas; empezamos por un punto que, si tenemos el
coraje y la paciencia de seguirlo, termina
en sí mismo atravesado por sus transformaciones
en ese recorrido.
Hace mucho que los mejores de los nuestros se han puesto de acuerdo
acerca de la unidad del acontecer.
A manera de ejemplo, los místicos dicen que cada gota de lluvia
es un ángel que viene a visitarnos,
y los nuevos científicos afirman que
el agua tiene memoria. Para explicarlo,
recuerdan que si le sacamos una foto
a una gota de lluvia en el momento en
que rebota en el piso y la ampliamos,
lo que podemos ver es que siempre toma
la forma de una roseta.
Sabido es que esas formas son un recordatorio de la totalidad,
como los vitraux de las iglesias, como
los mandalas, las flores, los cuerpos
y los ángeles.
Así antiguos místicos y nuevos científicos abandonan sus paraguas
y disfrutan hermanados bajo la lluvia.

¿QUÉ ES GESTALT?
Responder a esta pregunta con hondura y satisfacción es entrar en
un desafío liberador, ya que lo que determina
cada gestalt es un todo entregándose a totalidades
cada vez más abarcadoras y encontrándose a sí
mismo en cada partícula que lo forma.
Por todo esto una gestalt es el camino que cada uno está haciendo.
No es «algo» hecho que requiere un entrenamiento
para ser usado. Es el romance de las formas en
que cada uno encuentra la totalidad y a su vez
entra en una totalidad que lo contiene.
¡¿Y quién puede decir cuándo esto está terminado?!
Aquellos que estarían autorizados
para responder, por tener una postura afinada
y un «ojo despierto», disfrutan de una actitud
cada vez más existencial, basada en la aceptación
de que lo que Es. Así afirman su presente,
limitándose, sin demasiado escándalo, a mostrar
cómo las partes encuentran su camino al reunirse
y totalizarse.
Osho dice: «Hay tres aproximaciones a la realidad: una es empírica,
de la mente científica que experimenta con el
mundo objetivo y a menos que algo pueda ser probado,
no lo acepta. Otra es la mente lógica, que no
experimenta sino simplemente piensa, argumenta
y a través de un esfuerzo mental razona y concluye.
Y hay una tercera aproximación, la metafórica: la de la poesía
y la religión.
Estas son tres dimensiones por medio de las cuales uno puede
dirigirse a la realidad. La ciencia puede ir más
allá del objeto, la experimentación es sólo posible
con lo externo.
La filosofía y la lógica pueden ir más allá de lo subjetivo.
La ciencia es objetiva y la lógica y la filosofía
son subjetivas.
La religión va más allá, la poesía también; son puentes de
oro que unen el objeto y el sujeto donde todo
se vuelve un caos, todo se mezcla.
Quisiera decirlo de otra manera: la ciencia es una búsqueda a
pleno día, donde todo es claro y es posible distinguir
todo bien. La lógica es una búsqueda nocturna,
tropezando en la oscuridad. La poesía y la religión
son búsquedas crepusculares; implican una aproximación
metafórica, una relación entre dos mundos, el
‘cómo’ significa que estoy tratando de relacionar
mi conocimiento de otro mundo con tu conocimiento
de éste».
Mi gestalt incluye estas tres aproximaciones: es objetiva,
subjetiva y metafórica.
Es objetiva en el sentido de considerar la investigación y su
método, la duda, como un camino necesario para
apreciar los detalles y aproximarnos a la verdad
del diseño de los hechos.
Es subjetiva en el sentido de ubicar el centro de esa indagación
en la conciencia de aquel que indaga.
Es metafórica por crear nuevos significados vivenciales que nos
permiten trascender el plano con el que iniciamos
la indagación.
De esto tratan las palabras escritas en este
libro.

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