DESTELLOS
DE SABIDURÍA
U.G. Krishnamurti

«Mi enseñanza,
si esta es la palabra que quieren usar, no tiene copyright. Ustedes
son libres de reproducirla interpretarla, malinterpretarla, distorsionarla,
alterarla, hacer cualquier cosa que quieran incluso proclamar
su autoría, sin mi consentimiento o el permiso de cualquier
otro.»
U. G.
Se me llama «iluminado».
Detesto esta palabra, pero la gente no puede encontrar otra para
describir mi forma de actuar. Manifiesto, desde ahora, que no
existe en absoluto esa iluminación. Puedo decirlo, porque
he estado toda mi vida tratando de llegar a iluminarme y he descubierto
que la iluminación no existe. Así, pues, no se plantea
el dilema de saber si una persona concreta está iluminada
o no...
No voy a gritar por un Buda del siglo VI antes de Cristo ni tampoco
por todos los demás que tenemos entre nosotros. Son una
banda de explotadores, que prosperan gracias a la ingenuidad de
la gente. No hay ningún poder fuera del hombre. El hombre
ha creado a Dios, movido por el Miedo, de donde se deduce que
el problema es el Miedo, no Dios.
He descubierto, por mí mismo y para mí mismo, que
no hay ningún «yo» a realizar. De esa «realización»
es de la que hablo. Cae como un mazazo. Has invertido todo en
el mismo saco y de pronto descubres que no hay yo que descubrir,
no hay yo a realizar y te dices ¡¿Qué diablos
he hecho toda mi vida?! Eso te derrumba.
U. G.
Uppaluri Gopala Krishnamurti nació el 9 de Julio
de 1918 en la pequeña ciudad de Masulipatam al Sur de la
India.
Palabras
escogidas en diferentes entrevistas tomadas a U. G. realizadas
en India y Suiza entre 1977 y 1980
El estado natural no es el de un ser autorrealizado ni el de un
realizado que se ha convertido en Dios: no es el resultado de
una culminación o de una adquisición. No es un estado
llamado a la existencia por un esfuerzo deliberado de la voluntad.
Está ahí, presente, es un estado vivo, un estado
que no es más que la actividad funcional de la vida. Y
por «vida» no entiendo nada abstracto: es la vida
de los sentidos, que funcionan con naturalidad, sin la interferencia
del pensamiento. El pensamiento se entromete en los asuntos de
los sentidos, tiene una finalidad «lucrativa»: dirige
la actividad de los sentidos para sacar provecho de ellos y los
utiliza para asegurarse una continuidad.
El estado natural es un estado
de no-conocimiento. No sabes verdaderamente qué es lo que
miras. Puede darse el caso de que me pase una hora mirando un
reloj de pared, sin saber que hora es y sin darme cuenta, ni siquiera,
de que se trata de un reloj. En mi no hay más que ensimismamiento:
«¿Qué es lo que estoy mirando?» Pero
la pregunta no se plantea así, en frases contrapuestas
por palabras. Todo mi ser es un enorme y único punto de
interrogación. Es un estado de asombro, de perplejidad,
precisamente porque no sé qué es lo que miro. El
conocimiento que había adquirido en otro tiempo está
relegado a un segundo plano, salvo en caso de necesidad. Se trata
de un estado inconexo... Si usted me pregunta que hora es; puedo
decirle «las tres y media». La respuesta vendrá
con la rapidez de una flecha y volveré inmediatamente a
mi estado de no-conocimiento, de admiración...
Usted no sabría comprender
la inconmensurable paz que hay dentro de usted y que es su clima
natural. Su esfuerzo por establecer en usted un estado de espíritu
apacible no hace más que introducir la tribulación.
Puede hablar de paz, crear en usted cierto estado de espíritu
y decirse que está en paz: eso no es paz, sino violencia.
Es inútil «practicar» la paz. No tiene sentido
«practicar» el silencio. El verdadero silencio es
explosivo; no es ese silencio de muerte al que se aferran los
buscadores espirituales. «¡Estoy en paz conmigo mismo!»
Dicen: «¡Hay un silencio formidable!» «¡Siento
la experiencia del silencio!» Todo eso no quiere decir nada.
El estado natural es volcánico, está en constante
ebullición: la energía, la vida, éstas son
sus cualidades peculiares. Puedes preguntarme cómo lo sé.
No sé... la vida es lúcida. Digamos que es consciente
de sí misma.
Lo que lo agota es el mecanismo
repetitivo del pensamiento; pero ¿qué puede hacer
usted para salir de él? Esta es la sola y única
pregunta y cualquier respuesta que se le dé no hace más
que reforzar el movimiento del pensamiento... ¿Qué
podemos hacer entonces? Absolutamente nada. Este movimiento es
demasiado fuerte: tiene una fuerza vital acumulada durante millones
de años. Usted se encuentra completamente impotente y ni
siquiera es consciente de su impotencia.
Si usted pudiese estar en estado de conciencia pura durante un
solo segundo, una sola vez en su vida, su continuidad se desmoronaría,
la ilusión de la estructura de las experiencias, del «yo»
–todo se derrumbaría y volvería a caer en
el ritmo del estado natural. Este estado, en el que no sabe qué
es lo que ve, éste es en realidad la pura conciencia. Si
reconoce lo que ve, está de nuevo experimentando el pasado,
lo que sabe.
Qué es lo que hace que vuelva una persona a su estado natural,
una persona y no otra distinta, no lo sé. Tal vez esté
inscripto en las células. Es a-causal. No es, por su parte,
un acto «voluntario»: usted no puede provocarlo. No
hay nada que pueda hacer. Puede desconfiar del hombre que le diga
cómo ha llegado a ese estado. Hay una cosa de la que puede
estar seguro: no lo sabe ni él mismo ni tiene posibilidad
de comunicárselo a usted. En la estructura del cuerpo hay
un mecanismo de disparo. Si se detiene la estructura de la experiencia,
automáticamente entra en funcionamiento el otro proceso.
A partir de ese momento, el funcionamiento del cuerpo es completamente
diferente, sin que intervenga el pensamiento salvo cuando sea
necesario para comunicarse con alguien. Usando una fórmula
de boxeo, no tiene que hacer más que «tirar la toalla».
Nadie puede venir en su ayuda ni puede usted tampoco ayudarse
a sí mismo.
UG: Usted se
convertirá en usted mismo cuando sufra el choque provocado
por el descubrimiento de que la herencia global de la especie
humana es un error. Esa revelación que amanecerá
en usted y le golpeará como un rayo mostrándole
que su dependencia de la cultura, sea oriental u occidental, es
responsable de su situación; le hará ver todo claro.
Esto influye en el conjunto ya que una nación es la prolongación
del individuo y el mundo no es más que la totalidad de
las diferentes naciones.
No existe relación entre dos flores, y de nada sirve comparar
u oponer esas flores únicas que la Naturaleza de tiempo
en tiempo hace brotar. A su manera esas individualidades tuvieron
un impacto, aunque nosotros no veamos más que unas «colonias»
mezquinas que se dedican a luchar unas contra otras. ¡Qué
pobre resultado! ¿Quién cree usted que podría
salvar este mundo?
E: ¿Es una colonia de flores?
UG: Cada flor tiene su perfume particular. Y
si no fuese por esa herencia de la que estamos tan orgullosos,
hubiéramos tenido muchas más flores.
¿Qué valor tiene una de estas flores para la especie
humana? Podemos verla, admirarla, escribir un poema sobre ella
o pintarla, podemos también machacarla, tirarla, y alimentar
con ella nuestra vaca; pero ella permanecerá siempre ahí.
Parece no tener ninguna utilidad para la sociedad, pero ahí
está.
Si no hubiera sido por la cultura el mundo hubiera producido muchas
más flores, de diferentes especies, diferentes variedades
en lugar de la única rosa de la que usted está tan
orgulloso. Usted quiere acomodarlo todo a un modelo único.
¿Por qué? La Naturaleza hubiera podido engendrar
de tiempo en tiempo flores diferentes, cada una, única
a su manera, hermosa a su manera. Esta posibilidad ha sido destruida
por esta cultura que tiene al hombre tomado por el cuello y le
impide deshacerse de su pasado.
E: Quienes han sufrido una transformación
tal ¿tienen características comunes?
UG: Esa pregunta no se presenta. Si yo intentara
compararme a un santo sería mi tragedia. No pertenecemos
a una fraternidad común ni a ninguna comunidad de ese tipo.
¿Qué puede haber de común entre una rosa,
un junco y una flor silvestre? Cada uno tiene una belleza particular,
una belleza que le es propia. Que usted prefiera una u otra, es
ya otro asunto...
Yo nunca tomo la iniciativa en
una conversación. La gente viene y se sienta alrededor
mio ¡pueden hacer lo que les plazca! Si de repente alguien
me hace una pregunta, trato de responderle haciéndole ver
claramente que su pregunta no tiene respuesta. Me limito pues
a reformular, a reestructurar la pregunta antes de devolvérsela.
No es un juego, ni me preocupa convencer a nadie para que comparta
mi punto de vista.
No deben tomar mis palabras al pie de la letra. La confusión
se instala en aquellos que lo hacen. Deben examinar cada palabra,
cada frase para ver si tiene alguna relación con la forma
en que ustedes funcionan. Deben examinarlas, pero no están
en condiciones de aceptarlas. Desgraciadamente es algo que se
toma o se deja. Ven que me encuentro en una situación difícil:
no puedo ayudarlos, y todo lo que digo no es sino fuente de malosentendidos.
Un individuo no puede vivir escondido en una cueva, debe vivir
en le mundo. Aunque no tenga ningún sitio donde ir. Es
una flor particular...
Ustedes no saben nada del perfume de esa flor, y por eso la comparan
con esta o con aquella otra. Es todo lo que ustedes saben hacer.
Pero cuando algún día dejen de hacerlo, dejen de
tratar de comprender qué tipo de flor es esta y cuál
es su perfume, verán surgir una flor completamente nueva,
no una copia, no una rosa ya conocida que tantos miran, ni un
junco. ¿Por qué toma la rosa tanta importancia?
Porque a todo el mundo le gustan las rosas. En el momento en que
dejen de comparar y de imaginar qué flor es esta y de definir
su perfume, serán capaces de ver una flor totalmente nueva
que no tiene que ver con todas las que la rodean.
¿Cuál es exactamente
la pregunta? La respuesta está siempre contenida en la
pregunta. Así no tengo que darla. Lo que habitualmente
hago es reestructurar la pregunta y volver a formularla de tal
manera que les parece no tener sentido. Y así descubrirá
usted por sí mismo y sin que yo se lo diga, que su pregunta
no tenía ningún sentido.
Todas esas preguntas que ustedes formulan aquí, deben ser
sus preguntas personales. Sólo así el diálogo
puede tener algún sentido. Deben ser sus preguntas. Así
pues, ¿tienen ustedes alguna pregunta que sea suya personal?
¿una pregunta que nadie más haya formulado?
E: ¡Hay tantas preguntas que despiertan
el interés de la gente, y que nosotros sentimos que son
las nuestras propias!
UG:... ¡Pues no lo son! Descubrirán
que no son en absoluto vuestras preguntas. No existe el cuestionante.
Fue él quién creó la respuesta, y fue él
quien vino a la existencia partiendo de la pregunta. No estoy
tratando de jugar con las palabras. Ustedes conocen la respuesta
y esperan de mí una confirmación, o algún
tipo de luz sobre un problema personal, o simplemente sienten
curiosidad. Si intentan entablar algún diálogo conmigo
por alguna de estas razones, pierden el tiempo; deberían
ir a ver a un erudito, un pandit, un hombre cultivado; ellos sí
están en condiciones de arrojar un chorro de luz sobre
tales cuestiones. Lo que me interesa en este tipo de diálogo
es ayudarlos a formular su pegunta; una pregunta que sea verdaderamente
personal.
En lo que a mí respecta no tengo problemas. Vengo a sentarme
aquí ante este vacío. Pero no vacío en el
sentido en que ustedes empelan este término. La vacuidad
y la plenitud no son dos cosas diferentes. No pueden establecer
una línea de separación entre el vacío y
la plenitud. Aquí no hay nada, ¡nada! No se lo que
voy a decir. No tengo una exposición preparada. Lo que
ustedes obtengan de mí, es asunto suyo, no mío.
No existe nada que yo pueda considerar como mío. Es propiedad
de ustedes ya que es su respuesta que han extraído de mí...
yo no la quiero para nada.
Todo ocurre como en cualquier acto reflejo: ustedes hacen la pregunta,
y la respuesta surge. ¿Cómo funciona esto? No lo
sé. No es un producto de la mente. Lo que sale de mí
no es fabricado por el pensamiento, y sin embargo algo sale. Ustedes
lanzan la pelota, que rebota en sentido contrario, y eso es lo
que llaman respuesta.
E: ¿Llama la pregunta a la respuesta?
UG: La pregunta no tiene respuesta, con lo cual
dicha pregunta no puede subsistir. A este respecto no tengo problemas
de ningún tipo, salvo aquellos relacionados con mi existencia
en este mundo; aparte de esto para mí no existe ninguna
«pregunta».
E: Su respuesta ¿no es más que
un reflejo de la pregunta?
UG: No es mi respuesta, pues la pregunta ya no
existe. La pregunta se convierte de alguna forma en mi respuesta,
y como no tiene respuestas, ella misma se consume y lo que queda
es energía. Nadie puede funcionar nueve o diez horas seguidas.
Yo sí puedo. La palabra en sí es energía.
La palabra es la expresión de esa energía.
E: Supongamos que yo le pregunto sobre la mecánica
cuántica.
UG: De eso no sé nada. Esa es mi repuesta.
De cualquier forma la pregunta desaparece. Todo conocimiento o
información que yo pudiese tener sobre mecánica
cuántica, sale de mí como una flecha, en línea
recta. Sin embargo preguntas como: «¿existe Dios?
¿es la vida una simple consecuencia de la casualidad? ¿está
gobernado el mundo por una justicia perfecta?» estas preguntas
no tienen respuesta. Así la pregunta se consume ella misma.
E: ¿Quién soy yo?
UG: Ese «¿quién soy yo?»
¿es realmente su pregunta? En absoluto. Es algo que ha
captado usted de alguna parte. En este caso el que pregunta crea
la confusión, no la pregunta. Si no hubiera usted captado
esta pregunta, hubiese captado otra. Un hombre vivo, jamás
hace una pregunta así. Es evidente que usted no encuentra
ningún sentido a la existencia. Usted no vive. Usted está
muerto. Si yo le explicara el sentido de la vida ¿de qué
serviría? ¿significaría algo para usted?
E: ¿Existe quién pregunta?
UG: No existe. Sólo existe la pregunta.
Y esto se aplica a todas las peguntas; realmente no son más
que la repetición mecánica de un concepto memorizado
previamente. Que usted me pregunte «¿quién
soy yo?» «¿existe Dios?» «¿tiene
algún sentido la vida?» Todas estas preguntas tienen
su origen en la memoria. Por eso les digo que sus preguntas sean
realmente personales, de ustedes.
E: Usted ha dicho que la pregunta «¿quién
soy yo?» deja de existir cuando se la examina seriamente.
UG: Porque no se puede distinguir la pregunta
de quién la hace. Quién pregunta y la pregunta,
son uno. Si usted acepta este hecho, es muy simple: cuando desaparece
la pregunta, quien la hace desaparece con ella. Pero si el interrogador
no quiere desaparecer, la pregunta permanece. Él quiere
una respuesta a su pregunta, y como no hay respuesta, sigue permanente.
El interés es continuar, más que conseguir una respuesta.
E: ¿Podría
usted hablarnos de la diferencia entre su estado y el de la mayoría
de la gente?
UG: Apenas la hay: el grosor de un cabello.
E: pero su cuerpo ha sufrido mutaciones biológicas.
UG: Sí, pero no hay ningún secreto
oculto. No tengo nada que ofrecerles más que la certeza
de que toda búsqueda, toda discusión filosófica
es inútil. Que ningún diálogo es posible
y que todas vuestras preguntas, así como las de los otros,
no pueden tener ninguna respuesta. Comprender, en el sentido en
que yo lo entiendo es un estado del ser en el que las preguntas
dejan de surgir.
Nada exterior puede ayudarnos –ni
nadie. ¡Ni siquiera este aquí presente que tanto
les habla! («por lo menos es honrado» están
pensando, es una conclusión fácil de aceptar). No
tienen que ir a ver a nadie, ni escuchar a nadie, ni siquiera
al más santo de entre los hombres. Puede ser dios de dioses,
y proclamar que ha venido para salvar a la humanidad, aún
así no deben ir a verlo, ¿lo comprenden? (si van
a visitarlo para satisfacer su curiosidad, es otro asunto). No
esperen nada de ninguna fuente externa. Así llegarán
a ustedes mismos y a una ignorancia total. Entonces llegaran al
descubrimiento, trabajando siempre con la misma pregunta: «¿cómo
puedo comprender?» Cuando hayan terminado con todas las
preguntas externas, y ninguna respuesta les llegue del interior
¿qué le ocurre a la pregunta? Se disuelve. La ionización
del pensamiento tiene lugar porque el pensamiento no puede escaparse,
y eso, es la energía, es la vida.
E: ¿Qué
es la vida?
UG: Nunca sabrás lo que es la vida. Nadie
te podrá decir nada de la vida. Se pueden dar definiciones
pero en realidad no tienen ningún sentido. Pueden elaborar
muchas teorías sobre la vida, pero ninguna de ellas les
servirá de nada. Ninguna les servirá para comprenderla.
Luego, no formules esa pregunta: no hay respuesta; la pregunta
no puede subsistir. No la dejas desaparecer porque crees que alguien
en este mundo te puede dar una respuesta.
¿Qué es la vida? Verdaderamente no sabemos nada...
la pregunta va pues a quemarse y desprenderá energía.
Cuando el pensamiento se consume desprende una energía
física. Con la pregunta, el que interroga desaparece. Sobre
esa energía no puedo decir nada. Se manifiesta, y salta
sin límite ni fronteras. No pertenece ni a ti ni a mí.
Pertenece a todos. Tú eres parte de ese poder. Eres una
de sus expresiones. Como una flor, pero de otra manera, así
eres una de sus experiencias. Lo que está detrás
de todo esto, es la vida. Pero ¿qué es? Eso, jamás
lo sabrás.
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